La esposa de Job y su angustia

¡Maldice a Dios y muérete! Fueron las palabras de la esposa de Job a su marido, en un momento de angustia.

Sabemos que Dios probó fuertemente la fe de Job, pero no olvidemos que esa misma prueba fue también para su esposa, a quien solemos pasar por alto, como si no hubiera existido; pero sufrió tanto como su esposo.

Había criado a 10 excelentes hijos. Eran una hermosa familia, además de ser muy ricos. Como mujer, se sentía súper realizada. ¿Qué más podría desear o pedir? Sin duda, era una mujer bendecida.

Cierto día, de repente y sin previo aviso, se entera que ya no era madre. Sus 10 hijos habían muerto en un accidente. También se enteró que ya no era rica. Su marido había perdido toda su hacienda.

¿Cómo se hace para procesar toda esa información sin volverse loco o sin llenarse de amargura? Yo no lo sé, tú no lo sabes, ella tampoco lo sabía.

A los días, Job comienza a quejarse por unas úlceras que le habían salido…

Pasó un día, una semana, un mes; y nada cambiaba, sólo empeoraba. Miles de pensamientos y sentimientos reprimidos llenaban su mente y su corazón. Internamente era como una olla de presión a punto de explotar.

Uno de esos días, Job le pidió por enésima vez que le ayudara; y eso bastó para que explotara, y como un volcán en erupción, le dijo: “¿Todavía intentas conservar tu integridad? Maldice a Dios y muérete.”

¿Habrá querido decir lo que dijo? Lo dudo mucho. La esposa de Job habló desde su angustia. En su frustración, había llegado a la conclusión de que el temor a Dios en realidad no sirve de nada.

Muchos la acusarían como una mujer carnal y la desecharían como una verdadera cristiana. Sin embargo, Dios no la juzgó por lo que dijo. Todo lo contrario, la bendijo con otros diez hijos más.

Con el consuelo del Señor y el paso del tiempo, ella recuperó su fe, se levantó una vez más, y volvió a amar a Dios y a su marido.

No caigamos en el error de juzgar a las personas que están sufriendo. Mejor acerquémonos empatía, escuchemos sin dar opiniones y seamos generosos en dar abrazos.

¿Y vos alguna vez juzgaste a alguien o fuiste juzgado a causa de la angustia?

Billy e Inés Saint

Extraído del libro: “Más humanos de lo que quisiéramos

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